domingo, 7 de agosto de 2016

El Proceso de Franz Kafka por Orson Welles

Solo dos veces el tribunal envía por Josef K: la primera, al despertarse en su habitación, para arrestarlo “sin que hubiera hecho nada malo” y notificarle su proceso; la segunda, para ejecutar la condena, sin haberse conocido nunca la acusación ni haber llegado K. a presentar ante el tribunal siquiera el primer escrito. En el ínterin, soporta humillaciones sutiles —risas maliciosas de los niños, virtuales traiciones, escalones desmesuradamente altos, ahogos, cansancio—; su abogado, enfermo, solo lo atiende desde la cama. Leni, la secretaria de su abogado, le coquetea, y al mostrarle una membrana entre dos dedos de la mano K. exclama: “¡Qué bella garra!”. luego, el abogado le revelará que ella coquetea con todos los acusados, porque son “bellos”. Una noche, después de la jornada de trabajo en el banco, en un desván cuya puerta nunca se abría, descubre que un verdugo azotaba a los funcionarios que lo habían “arrestado”; intenta interceder, pero no logra clemencia. Al día siguiente, vuelve a abrir la puerta del desván y la escena comienza a repetirse exactamente como la noche anterior. Un domingo, en sórdidos suburbios, una mujer que lava ropa le indica a K. la ubicación de laberínticos tribunales, donde es indagado por un juez de instrucción en un estrado donde no hay lugar suficiente para el acusado, en una atestada sala de ancianos que ríen, aprueban o desaprueban sus dichos. En otro episodio, recurre a un pintor de jueces que promete ayudarlo con sus influencias, pero resulta que una puerta obstruida por la cama se comunica directamente con los tribunales, es más, su propio taller es parte del tribunal. Otro día, K. acude a la catedral para encontrarse con un cliente extranjero del banco, le sorprende un sacerdote que luego de extravagantes interpretaciones sobre una parábola profana, en un abrupto cambio de tono, reconoce que pertenece al tribunal, y que el tribunal no quiere nada de K.

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